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El rastro de una ausencia: 12 años sin Carolina Garzón

Por:
Lauren
Derechos Humanos
enero 13, 2025

El 28 de abril de 2012 Stephany Carolina Garzón Ardila, una joven colombiana de 22 años, desapareció en extrañas condiciones en Quito (Ecuador). Doce años después, su caso sigue lleno de incógnitas sin resolver y ha estado marcado por la negligencia de las autoridades de ambos países, lo que ha impedido dar el paradero de la joven. Durante 4402 días su madre, su hermana y familia han seguido incansablemente el rastro de su ausencia en un país donde, cada dos días, una persona es desaparecida. 

Alix Ardila sostiene una foto de su hija en su regazo, la observa con cierta delicadeza y nostalgia, evocando aquellos momentos que ahora solo están en su memoria. “Esta foto dicen que fue tomada un día antes de su desaparición, es en la Ronda en Quito, un sitio parecido al Chorro de Quevedo”.

En la foto, Carolina luce sonriente, lleva una trenza que cuelga de su cabello corto y posa en medio de los turistas que transitan por las calles del centro histórico de Quito. Alix observa la foto buscando respuestas, al menos una que le dé alguna pista sobre la fecha exacta en que desaparece su hija. 

“Yo no tengo ni siquiera certeza de la fecha en que desapareció mi hija. A nosotros nos llamaron sus amigos cinco días después a decirnos, con toda la tranquilidad del mundo, que no nos preocupáramos, pero que Carolina no aparece desde el 28 de abril”. A pesar de que han pasado tantos años, la voz de Alix aún se corta cuando expresa aquellas palabras; para ella, la falta de respuestas se convierte en una doble condena.

Un viaje a la mitad del mundo

Carolina llegó a Ecuador por cuarta vez en el 2012, estaba completamente enamorada de aquel país a tal punto de querer convencer a su familia de irse a vivir allí. En Quito se encontró con algunos viejos amigos de viajes y alquilaron una casa en el barrio Paluco, fueron esos siete amigos con los que vivía las últimas personas en verla antes de desaparecer. 

“Ellos dicen que vieron a Carolina con la toalla al hombro para entrar a bañarse y que no la ven salir más. Para mí, eso es solo una obra de teatro que se inventaron, no tiene sentido, ¿Mi hija se esfumó? ¿Se la llevó un extraterrestre?” afirma Alix Ardila. 

Para la abogada del caso y asesora legal de la fundación INREDH, Catalina Raigosa, que sus compañeros de casa no hayan visto salir a Carolina resulta casi que imposible. “El baño es directamente visible a todos los cuartos y se supone que todos los compañeros estaban en una misma habitación, no hay forma de que no la hayan visto salir”.

Asegura, además, que sus compañeros de casa pusieron la denuncia en la fiscalía hasta el 2 de mayo de ese mismo año. Una denuncia que para ella llegó muy tarde a las autoridades, principalmente porque para esa fecha en Ecuador no existía una conciencia sobre las desapariciones y las denuncias estaban cargada de estereotipos de género. Frases cómo “se fue con el novio” o “estará de fiesta” eran comunes. 

A la denuncia tardía se suma la poca diligencia de las autoridades, pues según cuenta la abogada un día después de la denuncia la policía no había comenzado la búsqueda “El límite de tiempo en una desaparición es crucial porque es la forma más oportuna de recolectar información, indicios, evidencias. Por eso 12 años después no hay una línea investigativa clara”

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Carolina es una joven activista que desde temprana edad mostró una pasión por la defensa de los Derechos Humanos. Siendo tan solo una adolescente, lideró marchas en su colegio en el barrio Venecia, en Bogotá, donde vivía y participó de la gran marcha de la Mesa Amplía Nacional Estudiantil (MANE), en esos espacios encontró un sentido de vida. Quizás fue un sentimiento heredado por su padre, un miembro activo del Partido Socialista de los Trabajadores; Carolina y su hermana, Lina, lo acompañaban a reuniones desde muy pequeñas y en su casa nunca faltaban las conversaciones sobre los problemas del país. 

Cuando viajó a Ecuador en el 2012 estaba estudiando Licenciatura en Artes en la Universidad Distrital Francisco de Paula Santander en Bogotá. Justo al terminar semestre decidió viajar al hogar de la “mitad del mundo”. Allí asistiría al concierto de Calle 13, una de sus bandas favoritas, y luego seguiría su camino hasta Brasil rumbo a una reunión de un movimiento estudiantil. 

En Quito comenzó a vender artesanías y trufas que ella misma realizaba, se ubicaba principalmente en el centro de la ciudad donde además podía tener la oportunidad de acercarse a la cultura y explotar otra de sus pasiones, la fotografía. Y es que Carolina es multifacética, en Bogotá también se desempeñaba como periodista del periódico “El Macarenazoo”, allí escribía sobre los problemas de los estudiantes, de las comunidades indígenas y acompañaba marchas constantemente. 

Su pasión por retratar otras realidades no se detuvo ni a cientos de kilómetros lejos de Bogotá, sus artesanías y su cámara eran sus fieles acompañantes. Y su muro de Facebook se convirtió con el tiempo en su periódico digital, donde a diario publicaba los retratos que tomaba. El 18 de abril del 2012 Carolina publicó sus últimas fotos antes de perderse todo rastro de ella. 

El 2 de mayo del mismo año Lina Garzón, su hermana, recibió la noticia de su desaparición. Para esa fecha tenía 19 años y al inicio no creía que fuera verdad, quería pensar que su hermana, quizás, estaría en alguna fiesta y pronto aparecería. Pero todo se materializó cuando Lina junto a su padre pisaron tierra ecuatoriana buscando respuestas, unas que a la fecha no han llegado. 

Al llegar a Ecuador lo único que tenía la familia de Carolina era un testimonio fantasioso de sus compañeros que aseguraban que ella había desaparecido como por arte de magia. Nadie la vio, simplemente, se había esfumado. 

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Alba Ardila, tía de Carolina, aún tiene un sinsabor por haber dejado viajar sola a su sobrina aquel día, aunque viajar sin compañía jamás fue un impedimento para ella; descubrir el mundo era una de las pasiones de Carolina. Pero con Ecuador desarrolló un amor particular, uno que quería compartir con su familia, por eso antes de viajar le dijo a su tía que vivieran aquella aventura juntas.

“Ella llegó alguna vez a casa y me dijo que un carro la venía siguiendo, yo le dije que me esperara, que no se fuera sola, (a Ecuador), pero ella quería llegar al concierto de uno de sus artistas favoritos, así que no podía esperar”. Su voz se entrecorta y por su rostro caen unas lágrimas al recordar las últimas palabras con su sobrina, esa que para ella es una hija más. “Este dolor es muy grande, yo todavía digo que, si quizás me hubiera ido con ella, jamás hubiera desaparecido”. 

Aquellas palabras Alba las expresa el 29 de abril del 2024 durante un plantón frente al Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia en Bogotá, donde cada año sin falta ella y las demás personas de su familia se reúnen para exigir respuesta sobre el paradero de su sobrina. 

Lleva un cartel con la foto de Carolina acompañada de la frase “12 años desaparecida”, a simple vista se puede ver que es el mismo cartel que usaron al primer año de desaparecida al que con el pasar del tiempo le han ido agregando los números, esos que más que un conteo cronológico se convirtieron en el máximo símbolo de la tormenta que vive la familia Garzón Ardila.
 

Hipótesis sin pruebas y testimonios sin sentido

De acuerdo con Catalina, dos compañeros de Carolina, ambos colombianos, fueron quienes pusieron la denuncia y rindieron declaratoria, pero en ambos testimonios había contradicciones e inconsistencias que a la fecha no han sido aclaradas “Decían que Carolina nunca salió del baño, que se fue al río o que incluso dejó una nota antes de salir. Pero para nosotros eso resulta cuestionable”.

Las dudas siguieron aumentando cuando la Fiscalía de Ecuador decidió asegurar que Carolina Garzón se había suicidado cuando fue a visitar el río Machángara que quedaba muy cerca a su casa. “La primera fiscal que tomó el caso fue quien encaminó esa línea de investigación, pero a la fecha no hay nada que nos diga que Carolina se suicidó” afirma Catalina Raigosa. 

Las preguntas seguían creciendo ¿Cómo Carolina desapareció en el baño de su casa y apareció en el río? Y aunque nada tenía sentido, una de las pruebas que la fiscalía sostiene para esa afirmación es una conversación entre Carolina y su hermana Lina, una que incluso fue última charla que sostuvieron las hermanas. 

“Nosotras desde niñas hemos tenido una conexión con la naturaleza y ella ya me había escrito que estaba algo bajoneada (triste) y yo, como con la idea de entender que los elementos nos acercan, le dije que si miraba el cielo o las estrellas podía verme y sentirnos juntas. Y ella me dice que hay un río cerca, que quizás vaya a meditar con tranquilidad. Pero, esto era una conversación entre dos jóvenes, no era para tomarse literal, pero la fiscalía decidió tomarlo como evidencia” afirma Lina María.

La desaparición de Carolina se llenaba cada día de más incógnitas, y la fiscalía parecía saberlo. Para ese punto decidieron afirmar que quizás ella se había ahogado al ir a nadar al río. Para los familiares y abogados, esta hipótesis era descabellada, el río Machángara es el río más grande que atraviesa Quito, pero es un cuerpo de agua altamente contaminado por los residuos domésticos y las aguas residuales, hace muchos años dejó de ser un espacio digno de nadar. 

Pero algo era claro: si Carolina se hubiera ahogado en aquel río, su cuerpo debía aparecer, pero no fue así. “Nosotros le exigimos a la fiscalía que investigará cuántos cuerpos habían encontrado en un periodo de tiempo de 2011 a 2013 en aquel río y hallaron 34, pero ninguno es el de mi hija ¿Con todas esas pruebas contundentes y todavía siguen con la idea del ahogamiento?” Incrédula, indignada y aún con rabia Alix no logra entender como la fiscalía aún sostiene una hipótesis que como diría un dicho coloquial “no tiene ni pies, ni cabeza”.

Su abogada, Catalina, coincide con ella. “El río termina en una rejilla, justo en el tramo donde se podía haber ahogado Carolina. En esa rejilla se quedan desechos y es imposible que un cuerpo la pudiera haber atravesado”.

Aunque la hipótesis, a todas luces, parecía ilógica ha sido sostenida por los 14 fiscales que han llevado el caso. A pesar de la cantidad increíble de fiscales que han llevado la investigación durante estos doce años, ninguno ha tenido un avance significativo. Para la abogada, la situación solo responde a la realidad de los desaparecidos en Ecuador.

“Lamentablemente la Unidad de Personas Desaparecidas en la Fiscalía se le ve como el lugar de castigo para los fiscales, a ninguno le gusta estar en la unidad de desaparecidos. Por eso mucho de los fiscales no son especializados, reciben tantas denuncias y no tienen un curso previo ni conocimientos” 

Gráfica denuncia de desaparecidos en Ecuador


Un saco plantado

Las muchas dudas que tenían sobre el caso llevaron a la familia de Carolina a buscar respuesta por sus propios medios, con ayuda de un viejo amigo de la familia sobrevolaron la zona aledaña al río Machángara, inspeccionando el lugar por cielo y tierra.  Como parte de lo que hasta ese momento habían considerado una rutina, no encontraron nada. 

Alix Ardila recuerda que cinco días después la policía vuelve al lugar y encuentra en una piedra cerca al río un saco que aseguraban era de Carolina “No era de ella, nunca le conocimos aquel saco. Pero lo peor es ¿Cómo aparece ese saco ahí, si el lugar se recorrió y solo había una entrada y salida? todos debíamos pasar por ahí y no estaba esa prenda”

En el saco la policía encuentra una nota en una servilleta escrita por uno de sus amigos, Óscar Morales, una de las últimas personas que vio a Carolina. Las dudas crecieron cuando la familia se percata que aquella nota estaba intacta, a pesar de haber pasado varios días cerca al agua, no tenía ninguna señal de humedad “¿Cómo se conservó la servilleta sin que se le corriera al menos la tinta?” pregunta Alba Ardila.

Para Catalina, la fiscalía nunca consideró otras líneas de investigación. A pesar de que la desaparición ocurrió en Ecuador, las abogadas del caso solicitaron a las entidades investigar una posible relación con el activismo social de Carolina y su desaparición, pero esto nunca pasó. 

“Incluso cuestiones más estructurales y sistemáticas como la trata de personas con fines de explotación sexual. Cualquier hipótesis se tendría que trabajar, porque ninguna persona se esfuma, es imposible que alguien se haga polvo y no haya ningún rastro de ella”

Y aunque no hay pruebas que conduzcan a esa hipótesis es una realidad de América Latina que no se puede negar. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) cerca de 2,5 millones de personas en la región son víctimas de trata de personas, de las cuáles el 80 % de las mujeres y niñas se ven forzadas a un tipo de explotación sexual.

“Buscan muertos, no desaparecidos”

“En el 2012 la desaparición no era un delito, tampoco teníamos una ley que cobijara a las víctimas, entonces cuando íbamos a poner la denuncia lo primero que nos decían los fiscales era: si no hay cuerpo no hay delito. Buscaban muertos, no desaparecidos” expresa Lidia Rueda, presidenta de la Asociación de familiares y amigos de personas desaparecidas en Ecuador (ASFADEC) quien coincide con Catalina Raigosa al afirmar que las autoridades en Ecuador se han negado a realizar un tratamiento adecuado a la búsqueda de personas desaparecidas en Ecuador.  

La situación solo contradice uno de los principios rectores que establece las Naciones Unidas, en la cual la búsqueda de personas desaparecidas debe hacerse bajo la presunción de que la persona está viva, independiente de la circunstancia de la desaparición, de la fecha en que inicia la desaparición y del momento en que comienza la búsqueda.  

Para ambas la desaparición en el país está focalizada en las personas de bajos recursos quienes además deben vivir la revictimización constante al enfrentarse a un sistema que no recibe las denuncias a tiempo. “Son familias que no pueden pagar un abogado para que esté ahí presionando al fiscal, por eso mucho de los casos pasan desapercibidos y en la impunidad” expresa Catalina Raigosa.

Un padre que buscó hasta el final 

Cuando Walter Garzón, padre de Carolina, llegó a Ecuador notó que su hija no era la única persona desaparecida. La situación lejos de desanimarlo, lo alentó. Decidió plantarse cada semana, sin falta, frente al Palacio de Carondelet, allí con una foto de su hija exigía respuestas. 

“La gente comenzó a verlo solitario y se empezaron a acercar a él para comentarle que también tenían una hija, una hermana o un familiar desaparecido. Allí él se dio cuenta que la problemática era muy grande y que debía hacer algo” expresa Alix Ardila. El panorama motivó a Walter a crear ASFADEC y así visibilizar los casos de desaparición en Ecuador.

La presión de ASFADEC llevó a que en el 2019 la Asamblea Nacional aprobara la Ley Orgánica de Actuación en Casos de Personas Desaparecidas y Extraviadas, así como la tipificación de la desaparición involuntaria como delito. No fueron logros en vano, pues a la fecha gracias a ello existen cifras oficiales de la desaparición, un panorama que ante todo es desalentador. 

Para el 2023, de acuerdo con las cifras del Ministerio de Gobierno, Ecuador registró 730 personas desaparecidas siendo la provincia de Guayas seguida de Pichincha con el 26,3 % y el 15,3 % quienes registran el mayor número de casos. En el país de la mitad del mundo cada dos días una persona desaparece. 

La lucha de Walter tenía muchos objetivos, pero el más importante era encontrar a su hija, por desgracia el 12 de septiembre de 2016 Walter fallece por una enfermedad que lo aquejaba hace algunos años. Walter parte de este mundo sin tener una mínima respuesta de lo que pasó con Carolina.

“Él tuvo que partir con el dolor más grande de este mundo, él le entregó sus días a la lucha, pero ya no podía más, ya estaba muy desgastado, muy dolido, sentía una impotencia por todo lo que pasaba” recuerda Alix sobre la muerte del padre de sus hijas.

Un dolor que no cesa, una lucha que no para

El 27 de abril del 2012 fue la última conversación que Alix tuvo con su hija “Ma, te quiero mucho” le escribió. En su garganta aún un nudo, uno que carga durante 144 meses en los que no ha podido decirle a su hija mientras la mira a los ojos: “yo también”.

Carolina nació el 2 de abril de 1990. Días después de responder esta entrevista Alix asimilaba la dura realidad de celebrar otro cumpleaños sin su hija que a la fecha cumpliría 34 años.  “Desde que nació fui la mujer más feliz. Fue un embarazo deseado y yo le hablaba todos los días en el vientre. Y cuando nació, verla crecer, apoyarla y ver como se convertía en una mujer libre con proyectos llenaba mi corazón”

De una forma que quizás ningún libro logre explicar, Alix ha tomado fuerzas de donde no las tiene para continuar luchando cada día por encontrar a su hija. Su casa es una especie de oda a Carolina, en sus paredes se despliegan carteles de su búsqueda y su cuarto aún reposa en la puerta su nombre. Alix no pierde la esperanza de hallarla a pesar de la incertidumbre, se aferra aquella idea de volver a abrazar a su primogénita.

Un abrazo que le recuerde al primero que le dio aquella pequeña de cachetes blancos y cabello castaño, uno que le permita demostrar todo ese amor que guarda en su corazón de madre. Pero mientras eso sucede, lucha de manera incansable. 

Para Lina, su hermana, las cosas tampoco han sido fáciles. Desde que desaparece su hermana perdió a su confidente, su mejor amiga, su ejemplo a seguir. “Es una relación de mucho amor. Yo recuerdo que Carolina para mi siempre fue un referente y eso hacía que nosotras tuviésemos un vínculo tan cercano”, recuerda Lina María quien con el tiempo y las perdidas ha encontrado la manera de hacer “que el dolor transmute” pero que nunca se vaya, como expresa ella.

Sin ser ya la joven que recibió la noticia de la desaparición de su hermana mira hacia atrás, con algo de dolor, nombrando las consecuencias que dejó ese hecho en ella. Dejó el arte, amaba el teatro, pero entiende que era algo que compartía con su hermana y no tenerla físicamente hacía que practicarlo se volviera doloroso.

Lo cambió por el trabajo social, quizás como una forma de procesar el dolor y de intentar entender qué más hay detrás de la desaparición. Se dedicó a investigarla; su tesis de maestría trató justo sobre ello y fue, también, un homenaje a su hermana. Con el tiempo entendió que el dolor nunca se va, por más de que lo intente, está ahí. 

“Ahora me di cuenta que el dolor nunca se va y puede llegar de repente y hacer de las suyas. Ya no estoy en un momento de sobrevivencia donde tengo que hacer mil cosas porque la vida no puede parar, porque no te puedes hundir en el dolor. Ahora lo entiendo y le doy un tiempo al dolor”.

Mientras los días pasan anhela contarle a su hermana que ha pasado en su vida durante tantos años; hablar de sus metas, sus sueños y expectativas que está segura ella, se alegrará de escuchar. Aunque es claro que esperara encontrarla, en este punto se conforma con cualquier respuesta. 

“Ya no quiero más esta incertidumbre, es tan difícil exigirle al Estado que haga lo que tiene que hacer, ya no quiero más eso la verdad, simplemente, cansa”

A la espera de respuestas, se aferra a la idea de visualizar a su hermana en la playa, descansando en una casa frente al mar mientras escucha una de sus canciones favoritas: “Mal bicho”.

Por su parte, Alix toca miles de puertas, escribe, graba videos, hace plantones, envía cientos de cartas a las autoridades para que no se olviden de buscar a su hija y trayendo a su memoria cada día el recuerdo de ella. 

“Son las 24 horas del día en función de ella, preguntándose: ¿Qué le pasó? ¿En qué sitio se encontrará? Es una tortura día a día, no hay paz, no hay tranquilidad y cada día se agudiza más. Es un desgaste emocional, donde uno no sabe nada, está en el limbo y las autoridades incompetentes no hacen su trabajo como debe ser”.

Ella se niega a hacer un duelo, porque su hija no está muerta, pero luego de tantos años desea apoyo psicosocial que le ha sido negado, asume que hay secuelas en su vida. Por el momento, se aferra en contar los días, como una especie de plegaría para no olvidar que el tiempo, por tortuoso que sea, no se puede llevar a su hija.

Sigo soñando con reencontrarme contigo, volver a dialogar y me cuentes tus sueños, tus proyectos. Te extraño, me haces falta en todos los momentos de mi vida. Te amo Carolina, hija mía.

-Alix Ardila

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